2-3. Drama en Son Moix

Era el día en el que no se podía fallar, pero el Mallorca no sólo no estuvo a la altura, sino que jugó posiblemente su peor partido de la temporada. El Deportivo, que no había ganado en toda la temporada fuera de casa, le bailó escandalosamente y le endosó un resultado terrible, casi definitivo. Ahora la salvación depende de algo más que de un milagro.

El equipo zozobró de principio a fin, casi desde que el balón se puso en movimiento. Y eso que disfrutó de un golpe de fortuna a los 17 minutos, cuando un mal despeje de Marchena le cayó a Víctor, cuyo disparo, tras tropezar en un defensa, acabó despistando a Aranzubía e introduciéndose en el interior de la meta deportivista.

El gol tuvo que haber reforzado la autoestima del Mallorca y haber hundido la escasa confianza del colista, pero fue justo al revés. Tal y como sucedió ante el Getafe, por citar tan sólo el último ejemplo, el equipo no supo jugar con ventaja en el marcador y pronto fue un manojo de nervios. Ocho minutos más tarde el lateral Silvio, al que Mendes envió a Riazor pese al que el Mallorca había llegado a un acuerdo con el Atlético para su cesión, se marcó un jugadón impresionante y alojó el balón al fondo de la portería de Aouate.

Fue la clave del partido. Ese gol atemorizó al Mallorca hasta tal punto que ya no volvió a levantar cabeza. De la mano del colombiano Abel Aguilar el Deportivo empezó a marcar el ritmo, y en la segunda parte ejecutó sin piedad su dominio, primero en un rechace que le cayó a Marchena y después en un cabezazo de Riki a placer tras recibir del mallorquinista Luna, en una jugada de auténtica mala suerte.

A partir de ahí, impotencia, impotencia y más impotencia. El Mallorca utilizó todos los medios a su disposición para no conseguir absolutamente nada. De hecho, apenas inquietó a Aranzubia, que no tuvo que hacer una parada en todo el partido. A falta de cinco minutos un disparo de Alfaro tropezó en el cuerpo de N’Sue, que estaba en la línea de gol, y otorgó a la recta final del partido algo de emoción, pero por desgracia la suerte estaba echada.

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Borja Valero