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Pedro Sánchez soluciona el problema de financiación de Catalunya

Pedro Sánchez inicia una semana clave reuniéndose con líderes autonómicos para asegurar apoyos y avanzar en la financiación singular de Cataluña

Pedro Sánchez ha optado por una medicina que en política suele administrarse con cuentagotas, la iniciativa. En una maniobra tan pragmática como arriesgada, el presidente ha viajado a Barcelona no solo para escenificar diálogo, sino para poner en marcha los engranajes de una solución largamente pospuesta, el modelo de financiación de Catalunya. Sí, ese eterno sudoku fiscal que ha servido lo mismo de bandera electoral que de excusa para la parálisis. Esta vez, sin embargo, la música suena distinta, hay mesas, hay interlocutores, y sobre todo, hay necesidad.

Porque lo que en apariencia es una cesión, en el fondo es un ejercicio de supervivencia. ERC no solo exige una reforma; exige consecuencias. Y Sánchez, malabarista de equilibrios, sabe que ceder sin desangrarse políticamente requiere algo más que cifras, requiere relato. Por eso se habla de “singularidad”, un término lo suficientemente ambiguo como para evitar agravios, pero lo bastante cargado como para sonar a victoria. Una singularidad que, paradójicamente, busca encajar dentro del marco común sin hacer saltar sus costuras. Ironías del Estado autonómico, ser especial, pero no demasiado.

Pedro Sánchez
Sánchez se desplazó a Barcelona para reunirse con el president de la Generalitat, Salvador Illa

Euskadi, Europa y el arte del funambulismo político

Mientras en Barcelona se habla de euros y estructuras, en Madrid el reloj corre al ritmo del calendario vasco. Imanol Pradales llega a Moncloa con la compostura del nuevo, pero con las exigencias del viejo socio. El PNV, ese partido que parece aburrido hasta que se enfada, ha vuelto a recordar que sin confianza no hay aritmética. Y sin aritmética, no hay Gobierno. Feijóo, con su crítica al nacionalismo vasco, ha obrado el milagro inverso, acercar aún más al PNV al PSOE. A veces, el enemigo común es más eficaz que cualquier promesa presupuestaria.

Y mientras tanto, en Bruselas, se libra otra batalla menos ruidosa pero igual de decisivas, la oficialidad del catalán, euskera y gallego en la UE. Un gesto de alto valor simbólico, pero también un movimiento estratégico para seducir a Junts. El PP, que tanto defiende la unidad desde Madrid, despliega su red europea para bloquear lo que llama concesión lingüística. Pero, ¿cómo defender la diversidad dentro de Europa y negarla dentro de casa? Ahí está la antítesis: quienes reclaman más España en Europa, se escandalizan cuando Europa acoge más España.

Una mayoría hecha de gestos y geometría variable

La semana de Sánchez no es una ofensiva, es una coreografía. Cada reunión, cada palabra, cada guiño es una pieza que debe encajar en una maquinaria parlamentaria que amenaza con griparse al menor error de cálculo. No se trata ya de ideología, sino de ingeniería, mantener viva una legislatura con más tornillos sueltos que un mueble de Ikea. La financiación catalana, la sintonía vasca, los idiomas en Europa todo sirve si suma. Y lo que no suma, al menos que no reste.

Pero este virtuosismo político tiene un límite, la paciencia de los aliados y la percepción de los votantes. Porque si todo se vuelve táctica, se corre el riesgo de que la política parezca un trueque perpetuo, y no una visión de país. En este escenario, Sánchez juega con fuego. Y como buen ilusionista, sabe que la clave no está solo en el truco, sino en mantener la atención del público mientras lo ejecuta.