BARÇA: MORIR DE ÉXITO O CAMBIAR DE ACTITUD… por RUBEN URIA

Discurso y convicciones. Después de derrotas de proporciones bíblicas ante Milan y Madrid, más por el juego desplegado que por el resultado, el Barça se enfrenta a una encrucijada: abrazar la coartada de los árbitros o hacer una introspección a sus errores. Ser igual de ridículo que los costaleros del villarato o defender su estilo. Aferrarse al histrión victimista de los ochenta o volver a jugar como en la última década. El Barça de Guardiola rara vez hablaba de árbitros. Este habla de colegiados antes, durante y después de los partidos. Mal negocio. Ahora, cuando no se gana, es cuando este Barça debe demostrar cómo de fuertes son sus convicciones. Puede vulgarizarse en la derrota dando munición a los conspiradores, demostrando que su ejemplaridad era pose, o puede asumir que cuando se tiene tanto potencial, no existen escondites arbitrales.Morir de éxito o recordar a Guardiola. El Barça de Ronaldinho murió de éxito y a este Barça, como a todo equipo de época, le acecha la autocomplacencia. Más allá de los golpes de la adversidad inesperada en forma de enfermedades, de los resultados o de la desmedida toxicidad de la yihad mediática culé, el equipo necesita una catarsis en forma de autocrítica. Urge volver a empezar. Se ha pasado tanto tiempo colgado del reino de los cielos que ahora que le han bajado de ahí a pedradas, se ha vuelto perezoso. Debería tener la suficiente madurez para comprender que uno se cae para aprender a levantarse. Guardiola, autoridad moral número uno del club, enseñó el camino en su primer día de trabajo. ‘Perdonaré que fallen, pero no que no se esfuercen’. Lección de vida.Valores y actitud. El Barça siempre ha presumido de valores que su prensa exagera y sus detractores ridiculizan. En un mundo donde el buenismo se confunde con la estupidez, el Barça hacía bandera de la solidaridad y la humildad. Una marca como valor añadido a su fútbol. Hoy esos valores brillan por su ausencia. Se han adelantado los éxitos, que es el mejor modo de asegurar el fracaso; se ha hablado de un árbitro antes siquiera de que se jugase el partido, y tras una derrota dolorosa donde no caben excusas, se ha perseguido a un colegiado de manera infame. Tampoco hay mucha humildad en autoproclamar a tu equipo como los Lakers de los ochenta. O este Barça decide reconducir su mensaje, su actitud y sus valores, o acabará reo de su pérdidad de valores. Los años dorados de aquellos Lakers acabaron con la magia hecha rutina, hasta ser destrozados por unos tipos con menos talento y más hambre, los Bad Boys de los Detroit Pistons.Pelota, idea y método. El Barça es uno de los mejores equipos de fútbol de toda la historia, nadie ha jugado tan bien y tanto tiempo en los últimos años. Pero ese estatus no vive del pasado, sino del presente. Así que el Barça, que representa una idea futbolística que no puede morir, debe revisar su método. No se trata de echar abajo la casa a martillazos, sino de buscar soluciones. El camino pasa por volver a esa idea que no puede morir (el balón, para atacar y defender), por reordenar su método (tocar como arma ofensiva, no como recurso retórico) y por exigir responsabilidad a quienes deben defender la idea, que son los jugadores. Todo no puede comenzar y acabar siempre en Messi.Diagnóstico y tratamiento. Destensado, previsible y lineal, este Barça ha menguado hasta caer en la indolencia. Su caos defensivo es palpable: 13 encuentros consecutivos encajando gol. Razones de la sangría: primero, ha suprimido la presión que hacía sobre la salida del balón del rival, lo que convertía a su delantera en su línea defensiva más eficaz; segundo, este Barça es más largo que el de Guardiola, lo que le convierte en más vertical, pero también en más industrial; y tercero, ha desnaturalizado su juego de posición – que consiste en buscar superioridades-, pasando de la movilidad máxima a un equipo donde nadie se desmarca. Es decir: presiona menos, contempla más, se junta poco y se desmarca peor. De ahí su desorden defensivo. Y esa patología tiene un tratamiento que ya conoce: defender con la pelota. La solución: atacar más y mejor.Meritocracia o burocracia. Guardiola siempre tenía a mano un recurso para estimular a sus titulares a mejorar. Se inventó a Pedrito para que fuese un tenedor candente en el trasero de las estrellas; luego llegaría Busquets; incluso Cuenca. En aquel equipo reinaba el imperio de los méritos. Jugaba el que más hambre tenía o el que más en forma estaba. Vilanova siguió esa senda y llegó incluso a mejorar los números de Pep. Hoy el cuento ha cambiado: no juegan los mejores. La escala de meritocracia se ha evaporado. Todo es confort y burocracia. Alves se fue hace tiempo, Alexis nunca llegó, Thiago es más efectista que efectivo y Puyol parece agotado. La sensación de estatismo es preocupante. Los titulares son cada vez más titulares y los suplentes, cada vez más suplentes. Y este Barça necesita hombres, no nombres. Tellos, Montoyas y Adrianos. Competitividad. Sin estímulo en el once, no hay paraíso. Jugar debe ser un premio, no un derecho adquirido.Jerarquía y liderazgo. Guardiola fue la referencia moral del club. Fue recogepelotas, canterano, jugador, capitán, técnico, portavoz y a veces, hasta presidente. Se fue por desgaste, quizá para no hacerse daño o hacérselo a sus jugadores, pero su liderazgo fue indiscutible. Su relevo lo asumió Vilanova. Con menos carisma pero más mano izquierda, lideró con maestría hasta caer enfermo. Su vacío se nota y a Roura, que pasaba por allí y al que ahora culpan de no sé qué, le falta autoridad moral. Es la hora de los jugadores. De los que mantuvieron fricciones por la exigencia de Pep, de los que juraron fidelidad a Tito, de los que deben hacer llevadero el marrón a Roura. Es la hora de los jugadores. Su calidad no se cuestiona, pero sólo hay un antídoto posible para este equipo: cambiar de actitud.Rubén Uría / Eurosport
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