¿Cómo se asciende a Primera División?

Durante las dieciseis últimas temporadas el Mallorca ha comenzado siempre la Liga con una única exigencia: la permanencia en Primera División. Siendo una empresa difícil, porque durante ese periodo han perdido la categoría -y en algún caso en más de una ocasión- equipos de tanto potencial como Atlético de Madrid, Betis, Zaragoza, Sevilla, Villarreal, Real Sociedad, Celta o Deportivo, lo cierto es que el objetivo en cuestión permitía un amplio margen de maniobra. Cualquier posición final, entre la primera y la décimoseptima, era aceptable, y aunque evidentemente la diferencia entre el primer tramo y el segundo es enorme, en el fondo daba igual porque la traca no sonaba en Son Bibiloni por un tercero o por un décimo puesto, sino por conseguir estar un año más entre los grandes. Como en su día dijo con gran acierto Luis Aragonés, ese era el verdadero patrimonio del club.

Ahora todo ha cambiado. El descenso modifica por completo el patrón de exigencia del Mallorca, que se enfrenta a la temporada más dura de los últimos 20 años. Sólo son válidas dos posiciones entre 22 o, en último caso, un playoff a muerte. Todo lo que no sea regresar de inmediato a Primera División no sólo es un absoluto fracaso deportivo, sino que además compromete seriamente la supervivencia económica del club. En estas condiciones, es evidente que los errores se pagan, pero ¿cuál es el camino correcto para ascender? ¿qué hay que hacer y, en consecuencia, qué hay que evitar? ¿Existe una hoja de ruta adecuada para ser campeón o subcampeón de Segunda División?

La gente tiende a pensar que para ascender de Segunda a Primera es necesario tener buenos futbolistas de Segunda. El Elche sería el ejemplo más reciente de esta teoría. Sin embargo, no es empíricamente aplicable porque existen muchos casos en lo que no se cumple. Una demostración perfecta sería la del Atlético de Madrid. Cuando descendió en el año 2.000 se propuso confeccionar una plantilla plagada de buenos futbolistas de Segunda División. Para ello tiró de su vecino el Rayo Vallecano y de una tacada fichó a los centrales Hernández y Amaya y al lateral Llorens. Además, se preocupó de invertir dinero en un delantero centro al estilo de la categoría, como Salva Ballesta. Y sí, Salva marcó muchos goles, pero el Atlético se quedó a las puertas del ascenso. En cambio al año siguiente recurrió a veteranos como Stankovic, Armando o el Mono Burgos y confirió toda la responsabilidad a Luis Aragonés, seguramente el mejor entrenador de la historia del fútbol español, pero con ninguna experiencia en Segunda. Con Luis el Atlético subió a Primera de calle.

También en el Mallorca tenemos ejemplos parecidos. En 1.963, cuando el equipo descendió por primera vez, la directiva aguantó a todas las estrellas, convencida de que el regreso a Primera sería un paseo militar. Al año siguiente, tras fracasar en el intento, tuvo que malvender a buena parte de la plantilla. Miguel Contestí, en cambio, optó por hacer borrón y cuenta y liquidó de un plumazo a futbolistas como Higuera, Hassan, Magdaleno, Orejuela, Luis García o Paco Bonet. La solución fue acudir a la cantera del Barça, pero dio resultado.

Mi conclusión particular es que en Segunda División no existen fórmulas que garanticen el éxito. En 1.995, cuando llegó al Mallorca, Beltrán tardó el menor tiempo posible en echar al veterano Irulegui porque ya tenía en cartera a Mané. Mané pasaba por ser el paradigma de entrenador especialista en ascensos. Su éxito con el Lleida, un equipo de rostros anónimos, le convertía en la pieza clave para superar los obstáculos de una categoría plagada de trampas. Mané duró tres meses en el banquillo y, al final, quien logró el ascenso fue un bombero de emergencia llamado Bartolomé Llompart.

Otro de los tópicos que también suelo escuchar con frecuencia es el que hace referencia a las plantillas largas. Otra falacia. El fútbol español está en ruina porque los entrenadores, en connivencia con los intermediarios, empezaron a exigir a los clubes dos jugadores de parecido nivel por puesto. El resultado fue una superpoblación de las plantillas que en la mayoría de los casos no estaba justificado, porque salvo cuatro o cinco equipos, el resto tan sólo disputan un partido por semana, y no parece demasiado razonable invertir 500.000 euros en un lateral izquierdo suplente que va a jugar cinco partidos a lo sumo en todo el año.  Yo siempre he sido partidario de las plantillas cortas. Los futbolistas están más motivados, el entrenador tiene menos problemas para elegir y, no me preguntéis por qué, suele haber menos lesiones. Y sí, también me diréis que el año pasado el Mallorca tenía una plantilla corta y fue un desastre. Tenéis razón, pero tampoco me negaréis que sea habitual que en una misma temporada haya once lesionados graves.

Dicho esto, la plantilla del Mallorca de esta temporada me parece exageradamente corta. Hay posiciones demasiado cojas y como mínimo hacen falta dos futbolistas más, aún teniendo en cuenta que en octubre debería incorporarse Uche y en enero Joao y Hemed. Pero Javi Márquez no tiene recambio, falta un lateral derecho y en las bandas no creo que con Aki, N’Sue y Pereira sea suficiente. Pero también es cierto que mantener en el equipo a Javi Márquez  y Alfaro tiene ese precio. Si se les hubiera traspasado habría habido dinero suficiente para traer a cinco futbolistas, pero a fin de cuentas futbolistas de Segunda División. Personalmente prefiero a dos jugadores que pueden marcar la diferencia.

Acabo de cumplir 30 años como profesional y alguno más como aficionado raso. Y las he visto de todos los colores. Recuerdo como el Salamanca desperdició una renta de 25 puntos en la segunda vuelta, como el Mallorca fue incapaz de sumar un solo punto en las tres últimas jornadas y necesitó un milagro del Rayo en Riazor para ascender y como el Valencia sufrió como un perro para acabar entre los tres primeros, pese a su super presupuesto. Toda mi experiencia me lleva a concluir que ésta es una aventura a tumba abierta en la que no valen los cinturones de seguridad, y en la que, con absoluta certeza, habrá muchos momentos de zozobra. Pero por fortuna ya no será necesario esperar demasiado más. Quedan sólo dos semanas para que el balón comience a rodar por primera vez.

 

 

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