El hombre que no conoce la palabra imposible… por RUBEN URIA

"Todos los días, cuando me levanto, me repito en voz alta lo siguiente: Soy positivo y ganador, disfrutando con determinación y paciencia". Seve Ballesteros sabía quién era, qué se esperaba de él y qué podía ofrecer. Su legado, deportivo y humano, fue más allá de la leyenda. Revolucionó el estilo de juego, le imprimió pasión a la técnica, fue el icono del golf moderno y también el líder indiscutible de una generación europea que superó sus complejos hasta ponerse a la altura de los gigantes norteamericanos. Otro pionero legendario del deporte español, Ángel Nieto, una leyenda subida a un caballo de acero, también demostró que, forjado en una voluntad de hierro y en un talento innato, podía derrumbar todas las barreras que parecían infranqueables. Ángel, en moto, era capaz de la fácil, la difícil y la imposible. Seve y Nieto fueron capaces de engordar su palmarés, de agrandar su leyenda y de hacer soñar a los demás con sus gestas, sólo al alcance de los elegidos, con una determinación a prueba de bomba y un carisma especial. Un aura de campeón reconocible, tan encomiable como admirable. Campeones en el deporte, campeones en la vida. Referentes morales.A esa estirpe pertenece Rafael Nadal, la autoridad moral más respetada del deporte español. Dentro y fuera de nuestras fronteras. Ahora ha regresado a las pistas para superarse a sí mismo, lo ha logrado empapado en sudor y ha vuelto a jubilar a sus jubiladores. Ni siquiera en España, ese país cainita que duda de todo y de todos en los malos días – hasta de Rafa-, se podría discutir el mérito incuestionable de este indio navajo que ha hecho realidad los sueños de un niño que consagró su vida a ser un campeón. Rafa es una leyenda viva del tiempo, un carisma contagioso y un carácter indómito, alguien que ocupa el primer lugar en el escalafón de dioses del deporte español.  Hecho a sí mismo, esculpido en la cultura del esfuerzo por su tío Toni, se ha educado para alcanzar la perfección y ha sacrificado su infancia para triunfar allí donde muchos han fracasado.Ejemplar en la victoria y en la derrota, duro con los problemas y blando con las personas, Nadal no conoce límites. Es tan obstinado en su determinación, que no hay desafío que su mente no pueda superar. Su cabeza, programada con el lema ‘retroceder nunca, rendirse jamás’, está en permanente evolución. Sus pasos cortos en la pista van directamente ligados a sus pasos de gigante en su cabeza. No hay lesión capaz de mermarle, no hay esfuerzo titánico que no supere, no hay obstáculo en el camino que le impida superarse, con hay crítica a la que no responda con su sudor, no hay épica que no haya cumplido, torneo donde no haya ganado ni rival al que no haya conquistado. Rafa ha ganado todo, pero cada día gana mejor. Juega tres horas, cuatro, cinco, seis y hasta dos días seguidos si hace falta. Con la ilusión de un juvenil y con el colmillo retorcido de un veterano. Con el hambre intacta, con el apetito de ganar siempre después de haberlo ganado todo. Con la increíble capacidad de ganar incluso cuando pierde. Porque Rafa nunca pierde. Ya ha cruzado el umbral y está, aunque no lo parezca, por encima de las victoria y las derrota.Carne y hueso. Rafa no es el tenista perfecto, no es ese virtuoso de la raqueta llamado Roger Federer, la elegancia personificada en un semidios que apenas suda. No tiene el talento de McEnroe, ni la frialdad de Borg, ni aquella muñeca dorada de Santana. Él tiene más. Tiene una cabeza privilegiada que está años luz por delante de su tenis, tiene dos columnas dóricas por piernas, un físico de atleta y sobre todas las cosas, determinación salvaje por la victoria. Rafa no es un galáctico de la raqueta, nunca quiso serlo y no le hace falta serlo. Él es más terrenal, de carne y hueso. Un hombre que suda cada punto, cada saque, cada derecha, cada break, cada torneo.Nadal, capaz de resetearse ante cualquier adversidad y de mostrar una humildad impropia de quien ha sido número uno del mundo y ha ganado tanto como él, vive en constante evolución mental y anímica. Una persona que combate sus demonios interiores y sus miedos a base de redoblar esfuerzos. No hay desafío que le arredre, ni lesión que le retire, ni dolor que le aparte de su pelea interna, de esa que mantiene consigo mismo, con sus límites y con sus sueños personales, y en la que Rafa siempre sale ganador. Nadal ya es leyenda. Su carisma le ha catapultado a vestir piel de Muhammad Ali, Michael Jordan o Ayrton Senna. Palabras mayores. Aquellos mitos, aquellos hombres perfectos, parecían llegados de otro planeta. Rafa no. Nadal es terráqueo, no es perfecto, tiene dificultades y las supera, es vulnerable y sin embargo, parece de indestructible. Ni Seve, ni Nieto, ni Indurain, campeones indiscutibles, han tenido el gen competitivo de Rafa, porque ellos nacieron con el don. Rafa no, Rafa trabajó su don, lo sudó y lo conquistó.Nadie, jamás en toda la historia del deporte español, podría siquiera soñar competir con la capacidad de convocatoria. Nieto arrancaba ovaciones en los bares, Indurain dejaba sin siesta a media España y Seve eran tan especial que te hacía pasar las madrugadas en vela, enganchado a su impresionante talento. Rafa es otra cosa. No es tan bueno como eran ellos, no tiene tanto talento y no ha nacido con un don para la victoria, pero Rafa engancha y atrapa al espectador. Le hace vivir la emoción del trance, la pelea por cada punto, logra que el corazón salga por la boca después de cada derecha invertida. Nadal es sentimientos a flor de piel,  es el héroe que surge de la superación personal y es  el triunfo de la fuerza del corazón. Representa el sueño de todos aquellos que llevan un Nadal dentro y nunca fueron capaces de plasmarlo, ni en la pista ni en la vida. Nada es imposible para Rafa. Él no conoce esa palabra. Dicen que ha vuelto. No es verdad, porque nunca se fue.Rubén Uría / Eurosport
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