El momento rojiblanco genera estupor por su nivel futbolístico al que se suma una plantilla mermada en lo físico. ¿Podrá darle vuelta a la situación Valverde?
El Athletic se adentra en una zona pantanosa justo cuando la Copa aprieta. La exigencia permanente que propone Ernesto Valverde, cimentada en ritmo alto y presión voraz, empieza a pasar factura a piezas nucleares como Mikel Jauregizar. A la sala de máquinas le falta gasolina.
Medirse al eterno rival en un derbi copero sin chispa agrava el ruido en el graderío y dirige las miradas al banquillo. El equipo compite a ráfagas, sin continuidad ni energía para rebelarse cuando el guion se tuerce. Para colmo, la enfermería fue una noticia más cotidiana que eventual en Lezama.
A ello se suman desconexiones atrás que penalizan en exceso. La clarísima llegada de Pablo Marín y la jugada del 0-1 evidenciaron grietas en la estructura defensiva. El balance es elocuente: doce partidos seguidos sin echar el cerrojo y 26 goles encajados.
Sin rotaciones no hay paraíso: el centro del campo, al límite
El trajín de Mikel Jauregizar ha sido capital durante toda la campaña, pero el motor del canterano empieza a dar señales de fatiga. Sin recambios de peso, la medular empieza a verse deteriorada pasada la media hora. Ahí es cuando el equipo pierde gobierno y la clarividencia de Galarreta se diluye.
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En ese contexto, el nombre de Eder García emerge como tabla de salvación para inyectar dinamismo y recorrido. El canterano de 22 años asoma como recambio fresco y pide pista.
La escasa rotación limita las maniobras de Valverde, que vio cómo la Real se adueñaba del centro del campo sin oposición en el primer envite.
Cambio de rumbo o adiós
Quizás la única nota positiva del Athletic fue que el rival se quedó corto en el resultado y le ofreció una vida extra. En ese sentido, los leones deberán ir sin ataduras a Anoeta para dar un golpe que hoy parecería impensable. No le queda más remedio.
“Es un resultado corto y hay otro partido”, enfatizó el Txingurri tras la derrota, a la vez que reconoció la superioridad del clásico rival. Para la vuelta, el técnico expresó un deseo casi como una súplica: “A ver si por fin tenemos alguna semana limpia y recuperamos jugadores”.
Si el Athletic quiere volver a gobernar los partidos, necesita agitar la coctelera en el centro del campo y hacerlo ya. Sin piernas frescas ni relevo real, el desgaste acumulado amenaza con dinamitar el sueño de la final antes de tiempo. La decisión está en el tejado de Valverde.





