El silencio no es neutralidad: es complicidad
En teoría, todos los equipos deberían estar alineados con una idea básica: las reglas están para cumplirse. Pero cuando uno el Athletic se atreve a levantar la alfombra, los demás miran para otro lado. ¿Por qué? Porque en el ecosistema de intereses cruzados que es LaLiga, incomodar al FC Barcelona es como ponerle el cascabel a un león herido. Y nadie quiere ser el que pierda el favor del poder, ni en los despachos ni en el mercado.
El Real Madrid: rival en el campo, aliado en el negocio
La paradoja más grotesca la encarna el Real Madrid. Mientras su relato oficial se presenta como víctima del duopolio televisivo, en realidad es el que más se beneficia de un Barça inflado, porque necesita un antagonista de talla mundial para mantener su producto global. Sin un Barça competitivo, el “clásico” pierde valor de mercado, y con él, los millones que brotan de Asia a Florida como si fueran maná. Florentino, como buen ingeniero, lo sabe: la rivalidad vende más que la hegemonía.
El resto: aspirantes de ocasión y carroñeros del descarte
Los demás clubes con algunas excepciones menores se acomodan en una suerte de servilismo funcional. Prefieren esperar a que el Barça, con su eterno desequilibrio financiero, siga soltando talentos de La Masía como migas de pan. Muchos viven de recoger a los descartes del Camp Nou o de las cesiones en diferido. Denunciar públicamente su situación sería cortar esa tubería de talento subsidiado.
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El Athletic: ese equipo raro que molesta porque no transige
En este contexto, el Athletic no solo incomoda por lo que dice, sino por lo que representa. Es un equipo que no ficha por fichar, que no compra talento como quien hace mercado, que mantiene una identidad que sería motivo de burla en cualquier escuela de negocios. Pero el tiempo le ha dado otra cosa: respeto. Y eso, en un fútbol cada vez más mercenario, es revolucionario.
Fundado en 1898, más antiguo que cualquiera en la Primera División, el Athletic no es solo un club. Es una anomalía orgullosa. En un mundo que se rinde al algoritmo, todavía se guía por valores. Y eso molesta más que un fichaje frustrado. Porque pone al resto frente a un espejo: uno que no distorsiona, uno que les recuerda que hay otra manera de competir.