El club se hunde deportivamente mientras la propiedad ligada al Atlético de Madrid genera desconfianza creciente
El Real Zaragoza vive un momento tan crítico que cualquier aficionado siente que el suelo tiembla bajo los pies. La derrota se repite, el ambiente se enfría y la confianza se diluye como niebla ante el amanecer. La situación se ha convertido en un enredo que mezcla decisiones empresariales, tropiezos deportivos y una factura pública que parece crecer sin freno.
La dimensión política que rodea al club tampoco ayuda. Lo que un día fue una foto electoral frente a La Romareda, hoy es una tormenta que amenaza con empapar a dirigentes que hace no tanto presumían de impulso al proyecto. Quien mire la clasificación y vea al Zaragoza colista entiende que la preocupación ya no es solo deportiva: también es institucional, económica y social.
Un laberinto societario que apunta sin rodeos hacia el Atlético de Madrid
La estructura de propiedad del Real Zaragoza se ha convertido en una maraña tan intrincada que ni el propio club logra convencernos de que todo es transparente. La firma Real Z LLC, con sede en Connecticut, controla el 98,8% del capital. Y de ahí nace un hilo que conduce, una y otra vez, al entorno del Atlético de Madrid y de Miguel Ángel Gil Marín.
Detrás de Gloval Tavira aparecen figuras como Pablo Jiménez de Parga y Joseph Oughourlian, ambos con vínculos actuales o recientes con el club rojiblanco. En otros niveles aparecen nombres como Mark Affolter, Jim Miller, Mariano Aguilar o Emilio Cruz, ligados también a estructuras accionarias o deportivas del Atlético. El porcentaje de participación asociado de forma directa o indirecta con el club madrileño supera ampliamente el 90%.
El propio director general, Fernando López, forma parte de este engranaje, lo que alimenta la sospecha de que el Zaragoza es hoy un proyecto subordinado a intereses ajenos a la ciudad y a la afición. La sensación de desconfianza se ha extendido como un incendio sin retenes.
Un nuevo estadio que deja atrás promesas y levanta cada vez más dudas
El proyecto de La Nueva Romareda, anunciado como una obra sin coste para el contribuyente, supera ya los 150 millones de euros. Una cifra que enciende alarmas no solo económicas, sino también deportivas: ¿qué sentido tiene levantar una infraestructura de tal magnitud si el club que debe ocuparla podría caer —o incluso desaparecer— en un plazo corto?
La situación deportiva no acompaña. El Zaragoza es colista con seis puntos y se asoma a un descenso a Primera RFEF que sería devastador. El propio consejero autonómico Roberto Bermúdez de Castro ya advirtió que el club no debería permanecer más de un año en esa categoría si quiere garantizar su supervivencia.
A este cuadro se suma el próximo vencimiento: en diciembre, el club debe abonar 10 millones de euros correspondientes al estadio. El año pasado ya incumplió. Esta vez, con Vox formando parte de La Nueva Romareda a través de la edil Eva Torres, la presión es máxima. No se descarta ejecutar las consecuencias previstas si vuelve a producirse un impago.
Y sobre todo planea la pregunta que nadie quiere formular en voz alta: ¿qué pasa si el Zaragoza, debilitado y sin rumbo, no alcanza la profesionalidad que exige el proyecto?

Una tormenta política que amenaza con golpear en un año electoral clave
El escenario preocupa especialmente al Partido Popular en Aragón, que vinculó parte de su campaña municipal a la idea de “salvar” el estadio y al club. La posible combinación de un descenso con escándalos societarios y un estadio millonario puede convertirse en un terremoto político en 2026.
El aficionado blanquillo, mientras tanto, se mueve entre la indignación, la tristeza y el miedo. No sabe quién manda, no entiende cómo se toman las decisiones y siente que el club va directo hacia un abismo del que podría no volver. Y entre tanto ruido, la pelota esa que siempre debería dar respuestas sigue sin entrar.




