Los fallos que dejaron con las manos vacías al rojiblanco en Son Moix reavivan el debate sobre la tecnología en el fútbol.
“El VAR mató al fútbol”: la frase se repite cada fin de semana en algún rincón del planeta, sea con mayor o menor efusividad. En la ruleta de la mala fortuna, esta vez fue el Athletic el perjudicado. Dos penales cobrados vía videoarbitraje dejaron a los de Valverde con otra derrota en su estadística.
La introducción de la tecnología desembarcó en el deporte más popular del planeta para reducir el margen de error a cero. Sin embargo, el fútbol concede situaciones que permiten dejar la resolución a instancias de la interpretación de cada colegiado, a excepción de los imponderables: gol o no gol, posición adelantada, etc.
No obstante, aquellos errores de los “hombres de negro” que convivían permanentemente en cada partido, ya no existen. Se alarga la incertidumbre por una decisión, crece la ansiedad en las gradas, quita la emoción y el VAR termina tomando mayor protagonista que cualquier futbolista.
El VAR eclipsó al fútbol en Son Moix
El Athletic salió de Son Moix con la sensación amarga de haber hecho casi todo bien y no llevarse nada. Mereció más, pero se topó con un VAR intervencionista y un Leo Román descomunal.
El Mallorca golpeó primero, pero el Athletic respondió con carácter, fútbol y dos goles de Unai Gómez y Nico Williams que hicieron justicia. Sin embargo, dos penaltis revisados y una lectura desigual de las manos volvieron a desnivelar la balanza.
La segunda parte fue un desorden absoluto con silbato, tarjetas y decisiones difíciles de digerir. El tercer penalti y la expulsión de Guruzeta dejaron el partido cuesta arriba para el rojiblanco.
Que no haya más “accidentes”
La sentencia de Arrasate va al hueso del debate: cuando el resultado depende del “accidente”, el fútbol pierde sentido. El VAR transformó acciones fortuitas, invisibles en directo, en penas máximas decisivas, rompiendo el pulso natural del partido.
Trajo justicia (¿trajo justicia?), pero mató la emoción
¿Para qué repetir una jugada hasta desnaturalizarla si el árbitro, a pie de césped, no vio falta alguna? El fútbol nació para decidirse en caliente, con el pulso del partido marcando el ritmo, no con pausas quirúrgicas que le roban tiempo y alma al juego. Si no hay certeza inmediata, que siga, que ruede.
El daño no es solo competitivo, es emocional. El VAR ha convertido el gol en una celebración en diferido, un grito en suspenso, un abrazo contenido. Ya no se festeja al marcar, se espera sentencia: si señala el centro, vale; si no, el fútbol vuelve a quedar en pausa.





