El equipo supo sostener el partido ante el Celta pese a sufrir en presión y emparejamientos
La primera parte dejó una sensación clara. El RC Celta estuvo por encima en muchos tramos. Superó presiones de Osasuna cuando el equipo navarro saltaba a pares y encontró transiciones peligrosas que pudieron adelantarse en el marcador antes del primer golpe rojillo.
Sin embargo, el partido no se rompió. Y eso tiene explicación.
Osasuna, a diferencia de otras jornadas más verticales, intentó poner anestesia al ritmo celeste. Apostó por posesiones largas y por hundir al rival con hasta cinco referencias en profundidad. El objetivo era claro: girar el juego con la intervención de los futbolistas de fuera y encontrar ventajas en los cambios de orientación.
El ajuste tras el descanso cambió el equilibrio
La segunda mitad tuvo otro tono. Aimar Oroz dejó de fijar casi siempre en profundidad y empezó a juntarse con Javi Galán y Raúl Moro. Ese movimiento generó superioridades en el costado y obligó al Celta a reajustar constantemente.
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Osasuna no estuvo fino en los emparejamientos defensivos. La línea de atrás sufrió en varios duelos individuales y en algunas recepciones entre líneas. Desde el punto de vista estructural, no fue un partido sólido.
Pero sí fue un encuentro muy correcto en las secuencias largas con balón. Y gracias a ellas, el equipo nunca se desconectó.
Un equipo que ya no necesita ser perfecto
La gran diferencia respecto a otros momentos del curso es la dinámica. Osasuna atraviesa un buen momento colectivo. La confianza permite competir incluso cuando el rendimiento no es brillante.
Además, hay varios jugadores diferenciales en sus posiciones. Esa calidad individual sostiene al grupo cuando el partido no fluye como se desea. No fue una actuación redonda. No fue un dominio absoluto. Pero fue suficiente. Y eso es lo que distingue a los equipos que están creciendo: ya no necesitan firmar partidos perfectos para ganar encuentros complejos.





