Tras un inicio de temporada coartado por una lesión, Javi Hernández busca un nuevo refugio para ganar rodaje. Dos equipos de Segunda se lo disputan.
Javi Hernández sigue atrapado en ese limbo que deja una lesión inoportuna. La pretemporada lo frenó en seco y, aunque reapareció con minutos en la Copa ante el Atlètic Lleida, la Liga sigue siendo territorio prohibido. El canterano busca un sitio que, por ahora, el Espanyol no le abre.
Su nombre circula con fuerza por los despachos de la Hypermotion, donde Huesca y Deportivo lo miran con lupa. En Riazor lo avala Antonio Hidalgo, viejo conocido de su etapa en el Aragón, mientras que en El Alcoraz seduce a una dirección deportiva que ya comprobó su impacto el curso pasado.
Dos en la disputa
La diferencia entre destinos es clara: Coruña ofrece músculo económico, pero un rol secundario a la sombra de Mario Soriano. En Huesca, en cambio, podría sentirse titular desde el primer día, encontrar aire y recuperar el hilo competitivo que perdió en Cornellà.
No es casualidad que varios equipos insistan. La temporada pasada, vestido de azulgrana, fue una chispa constante: llegada, último pase, presencia en zona caliente y producción real con un gol y una asistencia en 27 partidos.
Ventaja Huesca
El 4 de agosto, en pleno proceso de recuperación por la fractura en su pie derecho, Javi Hernández volvió a Huesca y se dejó caer por la Base Aragonesa. El simple gesto ya hablaba por sí solo.
El reencuentro fue un retrato perfecto de su paso por El Alcoraz. Abrazos cómplices, charlas largas y un momento especial con Kortajarena, su mayor confidente en la plantilla. Nada forzado, todo natural.
Su carta de despedida, aquella que en junio sonó a cierre elegante, hoy tiene otro sabor. Mientras el equipo de Guilló sigue huérfano de imaginación entre líneas, su nombre aparece como solución obvia: último pase, pausa, lectura y brillo.

Con amplio margen para explotar
Javi Hernández siguió una ruta poco común para un mediocentro creativo: forjado en la cantera del Espanyol, explotó con el filial gracias a su olfato ofensivo y un fútbol entre líneas que lo puso rápidamente en el escaparate.
Su cesión al Huesca confirmó el perfil que apuntaba en Sant Adrià: pausa, último pase y una madurez sobria.





