El empate en El Molinón mostró un equipo sin complejos que no se rompió tras el primer golpe rival
El estreno de Fran Escribá en el banquillo del Real Valladolid dejó más pistas sobre el estado anímico del equipo que sobre su modelo de juego. Y eso, dado el punto de partida, ya es una buena noticia. El empate en El Molinón ante el Sporting no fue un partido brillante ni especialmente combativo, pero mostró un Pucela diferente al que había llegado a Gijón en las últimas semanas: un equipo que encajó un gol rápido, no se desmoronó y encontró argumentos para dar la vuelta al marcador.
Escribá lo dejó claro en sus declaraciones posteriores: para él, este primer partido era más importante en lo sensitivo que en lo futbolístico. Plantar una semilla mental antes que desplegar una pizarra nueva.
Los matices tácticos: pocos, pero claros
Con apenas una semana de trabajo, pedir grandes novedades tácticas hubiera sido irreal. Aun así, Escribá dejó algunas señas de identidad. La más clara: atraer en corto y lanzar el ataque en largo cuando se pudiera, casi siempre del portero al central y del central al lateral. Un automatismo sencillo que, poco a poco, fue encontrando socios por dentro a medida que el Sporting perdía aliento.
Guilherme volvió a parecer seguro bajo los palos. Tomeo y Torres recuperaron sensaciones de octubre. Ponceau y Chuki empezaron a encontrarse sobre el césped. No eran cosas muy ambiciosas, pero crearon un marco competitivo más sólido que el de las últimas jornadas.
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Ponceau fue cogiendo las riendas en un centro del campo donde no es un virtuoso, pero que mejora claramente las opciones del equipo. Con él como brújula para dirigir las transiciones y un Tenés abriendo opciones por fuera y por dentro, el perfil izquierdo del Pucela empezó a carburar. El equipo fue coherente y encontró puntos de cohesión en ataque que, a su vez, generaron menos problemas en defensa.
Personalidad frente a los complejos
Lo más importante que dejó El Molinón no estuvo en el marcador. Estuvo en cómo reaccionó el equipo al primer golpe. Un gol temprano del Sporting hubiera podido hundir a un Valladolid que llegaba tocado en el ánimo. No fue así. Los jugadores del Pucela se rehacieron, insistieron en la idea y no renunciaron a seguir la senda marcada por su nuevo entrenador.
Esa es la identidad que Escribá ha construido históricamente en sus equipos: conjuntos robustos, coherentes con la dinámica de cada momento y sin complejos. Saben a lo que juegan, parece. Y lo aceptan sin conflicto.
El Real Valladolid sigue siendo un equipo con limitaciones claras. Poco dotado para el juego interior, con escasez goleadora y con una plantilla que necesita tiempo para asimilar los automatismos del nuevo técnico. Pero lo que Escribá encontró en Gijón fue algo más valioso a corto plazo que cualquier novedad táctica: la fe perdida y la cuerda a la que agarrarse para afrontar las 13 jornadas que quedan de temporada.





