Los 11 intocables de Almada que catapultan al Real Valladolid a LaLiga EA Sports

Periodista Deportiva |

El Real Valladolid de Guillermo Almada ha encontrado en la repetición casi obsesiva de su once titular una identidad inconfundible. Mientras otros entrenadores giran la ruleta de las rotaciones, el técnico uruguayo apuesta por la constancia como bandera

En una era donde los entrenadores cambian sus onces con la misma facilidad con que cambian de corbata, Guillermo Almada ha optado por la austeridad de lo inmutable. Su Real Valladolid se mueve como un reloj suizo, preciso, predecible, casi monástico. No hay caprichos tácticos ni experimentos improvisados; los únicos cambios que se permiten son los dictados por la fuerza bruta de las lesiones. Paradójicamente, en el fútbol de la incertidumbre, Almada ha construido un oasis de certeza.

Hasta ahora, sus fieles soldados se cuentan de memoria, Guilherme en la portería; Alejo, Tomeo, Torres y Bueno en defensa; Amath y Biuk abriendo el campo por las bandas; Chuki como enganche y Latasa en el frente de ataque. Once nombres que repiten semana tras semana, como si fueran versos de una plegaria. Lo curioso es que esa repetición no parece aburrir, sino que ha generado una identidad reconocible, una rareza en un campeonato donde la palabra “rotación” es casi un dogma.

La inmutabilidad del once inicial

Los primeros cuatro partidos ligueros fueron un canto a la continuidad, ni un movimiento en la alineación, ni una fisura en la estrategia. Solo cuando la fatalidad en forma de lesión llamó a la puerta, Almada se permitió modificar el tablero. Ponceau entró por Chuki y Marcos André por Latasa. Más tarde, otro giro forzado devolvió a Latasa su puesto tras la caída del delantero brasileño. Nada de decisiones por capricho, solo ajustes obligados por la biología.

La pretemporada ya había dado pistas del credo de Almada. En sus amistosos, el guion se repitió con apenas dos alteraciones por golpes inevitables, Guilherme, Koke, Nikitscher y Garri detrás; Juric y Alani como doble pivote; Amath y Biuk abriendo el campo; Marcos André y Latasa arriba. El mensaje era claro, este no es un técnico que confíe en la sorpresa, sino en el poder del hábito. Para algunos, virtud de constancia; para otros, obsesión peligrosa.

Señales de alerta: constancia contra rigidez

El idilio, sin embargo, no está libre de grietas. La primera derrota liguera y los síntomas de cansancio frente al Albacete han encendido luces de advertencia. Meseguer, por ejemplo, perdió once balones y apenas ganó dos de seis duelos. Amath, ese extremo que debería incendiar el costado, se redujo a un solo centro, un regate fallido y un triunfo en siete disputas. La constancia de Almada empieza a parecerse demasiado a la terquedad.

El dilema es tan viejo como el fútbol mismo, girar sin rumbo condena a la confusión, pero no girar en absoluto lleva a la rigidez. La virtud, dicen, está en el equilibrio, aunque encontrarla suele ser tan complicado como cazar fuego con las manos. Almada, con su fe casi religiosa en el once inamovible, enfrenta la pregunta inevitable, ¿cuándo la coherencia se convierte en obstinación? El tiempo y los resultados serán los jueces implacables.