El Valencia acelera en el mercado de fichajes con la llegada de Umar Sadiq para reforzar la delantera y mantiene su interés en Buba Sangaré, lateral derecho de 18 años
En Valencia, el final de agosto ya no huele solo a pólvora de mascletà o a brisa mediterránea, sino también a la pólvora más simbólica del fútbol, la de los fichajes de última hora. El club de Mestalla, que tantas veces ha vivido cierres de mercado entre el vértigo y la esperanza, parece repetir la liturgia. Con Umar Sadiq a un paso de vestirse de blanquinegro, la afición se aferra a la ilusión de un delantero que aporte goles, ese bien tan escaso y tan caro en el fútbol moderno. Pero la historia no se detiene ahí. Siempre hay un “y además”, una pieza más en el tablero que mantiene en vilo a los seguidores.
Ese “y además” tiene nombre propio, Buba Sangaré. Un lateral de apenas 18 años que ha despertado interés por su potencia y proyección, y que, sin embargo, se encuentra atrapado en la maraña burocrática y económica de la Roma. Como ocurre tantas veces, el talento juvenil no viaja ligero; carga con cláusulas, porcentajes y condiciones que, en ocasiones, pesan más que sus propias botas. El Valencia, consciente de que los grandes trenes no pasan dos veces, ha querido pujar por él. Pero el camino, como suele suceder en este club, se encuentra lleno de curvas.
Roma: el guardián celoso
El club italiano, lejos de dejarse arrastrar por la ansiedad valenciana, ha levantado un muro de condiciones. La Roma ha dejado claro que no contempla fórmulas amables, ni cesiones, ni experimentos financieros. Solo un traspaso firme, con números que hagan justicia a lo que consideran una joya de futuro. Resulta irónico que un club que recientemente ha invertido 30 millones en dos laterales derechos Rensch y Wesley insista en retener a un joven cuya proyección aún está por pulir. Pero así es el fútbol, lo que parece exceso para unos, es patrimonio intocable para otros.
En esta paradoja se instala la tensión. Sangaré, que llegó del Levante UD por apenas 1,9 millones, ha multiplicado su valor en cuestión de meses sin apenas rodaje en la élite. El relato de la Roma con el jugador es claro: quieren que crezca en Italia, que se curtan sus músculos y su carácter bajo su propio paraguas. Y en ese pulso, el Valencia se encuentra como aquel caminante que observa un oasis en el desierto pero descubre que está cercado de alambradas.
El horizonte valencianista
La dirección deportiva, sin embargo, no pierde del todo la esperanza. Saben que en los mercados, lo que hoy parece imposible puede resolverse mañana con una llamada o un matiz en la cifra. En caso de concretarse, Sangaré aterrizaría con ficha del Valencia Mestalla, aunque con la puerta abierta a alternar entrenamientos y partidos bajo las órdenes de Carlos Corberán. Allí, debería competir por un lugar con Dimitri Foulquier y Thierry, una competencia que se antoja tan exigente como necesaria.
El final del verano, para el valencianismo, vuelve a representar un espejo de sí mismo: la ilusión de un delantero contrastado como Sadiq, la espera por un talento emergente como Sangaré, y la eterna sensación de que el club camina siempre entre la esperanza y la precariedad. El mercado no solo trae jugadores, también trae metáforas, la de un Valencia que, aun entre límites, se atreve a soñar con un equipo más ambicioso de lo que sus circunstancias parecen permitir.