La salida de Corona al Fenerbahçe abre un vacío clave y nombres como Bucero o Monchi recelan por la falta de autonomía en el club ché
El Valencia CF se ha quedado sin una figura esencial en su estructura deportiva. La marcha de Miguel Ángel Corona rumbo al Fenerbahçe ha dejado un hueco inmediato en un área crítica y ha obligado al club a activar una búsqueda urgente de un nuevo director deportivo. Ocurre en un momento delicado, y el contexto no ayuda. Tres frases bastan: el puesto exige liderazgo, los candidatos que suenan tienen nivel… y la presencia de Peter Lim sigue alejando a los perfiles más potentes.
En la lista aparecen nombres como Bucero y Monchi, ejecutivos con recorrido internacional y prestigio suficiente para reconstruir un proyecto desgastado. Sin embargo, consultados sus entornos, la conclusión es clara: el peso de Lim y la falta de autonomía real hacen que el Valencia pierda atractivo para profesionales de élite. La silla está libre, pero no todos están dispuestos a sentarse.

Un puesto determinante, pero condicionado por la estructura: autonomía limitada y decisiones filtradas
Dentro del club existe consenso sobre el perfil que necesitan: un gestor capaz de estructurar, planificar y proyectar. Pero el problema no es la definición del candidato ideal, sino lograr que acepte llegar. La influencia constante de Peter Lim en la toma de decisiones, los cambios repentinos de rumbo y la ausencia de independencia deportiva generan desconfianza entre directores deportivos consolidados.
La salida de Corona expone un problema de fondo que el Valencia arrastra desde hace años
El adiós del exdirector deportivo no solo implica un relevo, sino un síntoma. La marcha a un proyecto extranjero más estable y sobre todo con más autonomía deja en evidencia que el Valencia continúa teniendo dificultades para retener talento directivo.
El club necesita avanzar rápido, porque la planificación no espera. Pero cada paso depende de convencer a un profesional que acepte trabajar en un contexto donde la última palabra rara vez es suya. Y eso, hoy, es la mayor barrera.




