La promesa de Angel Adolfo

Por Luis Lucho Lugo

“Es el final”, dijo un poco al aire y otro poco al mozo ubicado junto a su mesa de bar y se paró con mucha dificultad.  Al hacerlo hasta le pareció sentir como sus vértebras se iban acomodando una sobre otra emitiendo unos chasquidos casi imperceptibles, menos para él.

Hacía ya unos cuantos días que había resuelto llevar a cabo su plan, casi inmediatamente después de charlar con los médicos al momento de la entrega de los resultados de los análisis.

Aquella tarde, al salir del hospital, caminó rumbo al café de siempre y en el rincón habitual, apenas atemperó la vista a la oscuridad del lugar, divisó a Francisco que lo esperaba desde temprano.

-“¡Hace más de 45 minutos que estoy con el culo en la silla! –le dijo sin dejarlo sentar- Espero que lo que tengas que contar valga la pena del viaje a La Plata que me perdí de hacer con el remis por venir hasta acá”.

- “Tranquilo, –lo calmó mientras se sentaba- te cité por algo que quiero pedirte y a lo cual no podes negarte”.

Los ojos de Pancho, tal su apodo de toda la vida, se abrían cada vez más, a medida que el relato de su amigo iba transcurriendo, incluso no pudo evitar las lágrimas cuando terminó de contarle lo que pasaba.

-“Si es lo que vos deseas, aunque me parezca una locura, te voy a ayudar” y otra vez las lágrimas brotaron, solo que esta vez de los ojos de ambos.

María vivía junto a él desde hacía más de 30 años.  Al poco tiempo de ser novios quedó embarazada y tuvieron una hija bellísima, con ojos tan verdes como la esmeralda más exótica, a la que ambos llamaron Antonella, y que al llegar postergó eternamente los planes de casamiento.

Sus vidas discurrían desprovistas de lujos. Con mucho esfuerzo juntaron dinero hasta lograr comprar el autito familiar, las vacaciones nunca traspasaron las fronteras y los regalos jamás fueron comprados en joyerías.  Pero no necesitaban más. Así, los tres eran felices.

El fútbol le encantaba y en particular, River era su pasión, incluso él le debía su primer nombre al gran Ángel Labruna y el segundo a Adolfo Pedernera.  Heredó los colores de papá y aunque trabajara o estuviera ocupado con algún tema impostergable, siempre se las arregló para, al menos, escuchar los partidos por radio.  Se jactaba siempre, en cuanta reunión de amigos se armara, que él “no se perdió ni un partido, y que jamás dejó de acompañar a River, aunque más no sea con la oreja, en los últimos 40 años”.

Al llegar a su casa, sentó a ambas compañeras a la mesa, y aun con los análisis en la mano, les comunicó lo que pensaba hacer.  En pocas palabras les dijo que “así no quería continuar” y que ella, María, “merecía tener un final distinto”.  Les pidió que lo entendieran y que lo ayudaran a cumplir su plan, para, como les reiteró varias veces a lo largo de la charla, “calmar su alma”.

Ambas asintieron con lágrimas en los ojos y guardando los resultados de los análisis en una carpeta, tomaron mate sin emitir palabras.  Sabían que eran los últimos que tomarían, al menos en esa condición. Al otro día, a primera hora, se llevaría a cabo el plan.

A las 10:45 de la mañana del día siguiente, Ángel Adolfo llegó al lugar donde acabaría con su estado.  Francisco lo esperaba en la puerta, sostenía escondido entre sus manos lo que le había pedido en el bar, y se lo entregó apenas estuvo delante de él.

-“¿Estás seguro?” – le preguntó mientras con sus manos apretaba fuertemente las de su amigo, que ya contenían el objeto pedido.

“Completamente, es el final” – le dijo e ingresó al lugar elegido para llevar a cabo su deseo – “¡Es ahora!  Estoy conciente de lo que hago, si dejo que las cosas sigan su curso, quizás ya no podré hacerlo por propia voluntad, y no tendría valor” –habló en tono alto, mientras caminaba, pero sin mirar hacia atrás, donde su amigo quedó parado, inmóvil.

Llegó al lugar indicado, creyó escuchar un sonido tenue, una música celestial que no lograba distinguir desde dónde provenía.  Al ver a María ingresar apretó más fuerte las muelas y las lágrimas le brotaron en un torrente incontenible.  No dudaba de lo que iba a hacer.  Estaba tranquilo, incluso ante semejante momento.  Ella y Antonella tenían que estar presentes, al igual que Francisco, que acompañaba a María sosteniéndola del brazo.

No había nadie alrededor, tan solo ellos.  Y así, tal cual Ángel lo había pedido, el plan se llevó a cabo.

Pasaron varios años desde ese día, sin embargo en un cajón de la cómoda, bien arriba, aún permanece la carpeta que contiene los resultados de los análisis que Ángel había ido a buscar.  Su orgulloso título de “Exámenes Pre-Nupciales” se puede leer desde lejos, debajo de una foto, la única que recuerda ese momento.  En ella, María y Ángel sonríen.  Ella de blanco.  Él de traje negro, camisa blanca y una banda roja, la que Francisco le dio al entrar, cruzándole el pecho.

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