La reconciliación de Guardiola y Vilanova

Pep Guardiola, posiblemente la figura que mejor simboliza la espectacular metamorfosis del Barça en las últimas dos décadas, sólo pudo silenciar el ruido mediático que suscita su controvertida personalidad como entrenador del equipo azulgrana. Durante cuatro años, la prensa catalana rindió pleitesía a Guardiola, un escenario antagónico al de su etapa como futbolista. Esos 14 títulos de 19 posibles minimizaron unas hostilidades que resurgieron desde el día que el técnico de Santpedor se desvinculó del club.

En los últimos años del mandato de Josep Lluís Núñez, Guardiola fue víctima de una sucia campaña orquestada desde las altas instancias del club. Medios afines a Núñez despreciaron al entonces mediocentro del Barça con el mismo fervor que periodistas próximos al futbolista le adularon y protegieron. Hoy, el escenario no es tan convulso, pero Guardiola sigue suscitando más tensiones mediáticas que populares.

Guardiola, en cualquier otro club, sería un mito. Una persona intocable y venerada, como Bill Shankly en el Liverpool o Matt Busby en el Manchester United. Pero el Barça, como en casi todo, es diferente. Institución ciclotómica por definición, el barcelonismo renegó de su antiguo héroe el día que aireó su malestar con la directiva que preside Sandro Rosell y, sobre todo, evidenció sus desavenencias personales con Tito Vilanova.

Guardiola no supo gestionar bien su sucesión. Tampoco, la enfermedad de Vilanova, su antiguo amigo. Un tema tan privado agitó otra vez al club, a su famoso entorno, a los aficionados y, por supuesto, a los medios de comunicación. Pep había alimentado a sus detractores (ahora afines a Sandro Rosell) y preocupado a sus aliados, que le recomendaron un acercamiento a Tito.

El debate, hoy, se centra en medir la supuesta reconciliación entre ambos personajes. En definir la relación actual. Guardiola ha reaccionado bien, animando a Vilanova en otro momento delicado, pero los críticos al exentrenador airean, encantados, que las relaciones todavía son tirantes, más preocupados como están por dañar la imagen de Pep que de buscar la paz social. Una mentalidad surrealista y retorcida que, desgraciadamente, forma parte del adn barcelonista.

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