Piromanía

Cada vez que entra en juego, Son Moix se silencia. Cada vez que va al corte, cada vez afronta una situación de peligro, espera un balón aéreo o trata de sacar el balón jugado, el aficionado mallorquinista se encoge en su asiento. Señalado por la mayoría, Pedro Geromel está obligado a soportar partido tras partido la crítica quirúrgica de una masa social hastiada por los errores permanentes.

Aterrizó en la isla con una misión ya de por si casi imposible. Cubrir las bajas de Chico y Ramis, brillantes defensores, a la vez que relevar a un Nunes cercano a la jubilación como líder de la zaga. Además, llegó a última hora, tras un descenso germano, y con un inusual contrato de cesión por cuatro temporadas, lo cual no ayudó a despejar el nubarrón de dudas que se apelotonaban sobre su figura.

Reconozco sin sonrojo que al principio me cautivó. Como un príncipe de cuento, todo planta y fachada, colmó mis ilusiones. Resultaba inteligente en la anticipación, intuitivo al corte y gozaba de criterio sacando el balón jugado. Era todo eso que los aficionados a equipos pequeños admiramos de los jugadores de equipos grandes. Por aquel entonces, hace siete años según mis sensaciones, sólo siete meses según el calendario, la cosa funcionaba. El Mallorca era solvente defensivamente y efectivo en ataque. Y Geromel, resguardado en la cueva de retaguardia caparrosiana, parecía bueno.

Luego llegaron los baches y el invento se descompuso. Las calamidades hicieron acto de presencia y el príncipe se convirtió en sapo. Progresivamente, empezó a llegar tarde a las anticipaciones, trataba de cortar jugadas con excesiva blandura y regalaba balones a los rivales. Justo es decir que su decrepitud fue de la mano con la de su propio equipo, que ninguno de sus rivales en el centro de la zaga se ha mostrado mucho más solvente (quizás sólo Bigas se salve de la quema) y que la reponsabilidad de ser el Mallorca más goleado de la historia sólo puede recaer sobre el colectivo.

Sentado el pasado lunes en la grada de Son Moix me vinieron a la cabeza unas palabras de mi antiguo entrenador en edad alevín: “No trates de solucionar los fallos de los otros cometiendo tus propios errores, si recibimos gol que al menos no sea por culpa tuya”. Resonaron en mi mente aquellas palabras tras un fuego que Geromel trató de apagar con gasolina. Dejar solo a Piti para presionar a Trashorras no parece buena idea. Como tampoco, una semana antes, abandonar la marca sobre Álex López para lanzarse a cerrar la banda a tumba abierta. Incluso, más disculpable, ante el Deportivo anotó su teórica pareja de baile, Riki, mientras él realizaba una ayuda sobre Pizzi. Con las obligaciones de un bombero, Geromel acaba siendo casi cada jornada un pirómano, fallos y penaltis cometidos y endeblez mediante.

Mantengo la opinión de que esta temporada no sirve para medir a ningún jugador de la actual plantilla bermellona. Las dinámicas y los problemas a los que se ha tenido que enfrentar la plantilla, además de una deficiente preparación física y táctica, han lastrado enormemente las posibilidades de salvación de un plantilla que en verano parecía que no sufriría. A partir de junio será época de reflexión y una oportunidad de borrón y cuenta nueva para algunos jugadores, entre ellos Pedro Tonón Geromel. Eso sí, para llegar a ese punto será necesario que el Mallorca no se haya quemado a lo bonzo.

Borja Valero