Preguntas de final de temporada… por SERGI PÀMIES

El éxito del Bayern plantea un dilema que muchos equipos quisieran tenerEl triunfo del Bayern de Munich en la Champions consolida una pregunta que lleva meses circulando: ¿qué puede aportar Guardiola a un equipo que lo está ganando todo? Es una reflexión lógica que, entre los aficionados al fútbol en general, perpetúa la evidencia de que los resultados siguen siendo vinculantes, sobre todo en clubs potentes. Entre un sector muy particular de culés, en cambio, la misma reflexión destila un retintín que, traducido al idioma de la sinceridad, equivaldría a "haga lo que haga en Munich, Guardiola fracasará", pero dicho de un modo que suena a deseo de que fracase.El éxito del Bayern plantea un dilema que muchos equipos quisieran tener. Se interpreta que para un entrenador que antepone la vanidad y la egolatría es mucho mejor llegar a un club perdedor y desunido. Así cualquier mejoría se entiende como un éxito del entrenador y se transforma en carne de idolatría. Pero si partimos de una ambición estrictamente deportiva, la situación actual del Bayern, ¿acaso no es la mejor a la que puede aspirar un entrenador como Guardiola? Vale que llegar a un club de economía saneada y en un momento de euforia tiene que plantear retos, pero, para un entrenador de élite, seguro que es más agradable que aterrizar en una tierra carbonizada por la negligencia o conformarse con una cómoda falta de objetivos.El problema es que muchos culés aún proyectamos en la figura de Guardiola sentimientos que guardan más relación con el presente del Barça que con el futuro del Bayern. "¡A ver si tienes cojones para cargarte a Robben y/o Ribery!", piensan los más expansivos al ver como el Bayern levanta la copa (una copa que también mereció llevarse el Borussia). Yo mismo tengo el corazón partido. Por un lado, comprendo que Guardiola se haya marchado (siempre he mantenido que, en el Barça, no soportaba perder y que por eso ganó tanto, mientras que en Munich no tendrá que quemarse emocionalmente ni arrastrar el sambenito de perfeccionista redentor y de icono sociopatriótico que le colgamos entre todos). Por otro lado, me duele no haber tenido la oportunidad de vivir una etapa más difícil con un liderazgo como el suyo, haberlo visto superar situaciones menos triunfales pero igualmente competitivas, tomando decisiones que, legítimamente, él ha admitido que no se veía con fuerzas de asumir. Pero entre el respeto por su decisión y la decepción de haberlo perdido, me parece que debería prevalecer el respeto (sin que eso implique convertirse automáticamente a un club tan antipático como el Bayern). Por eso, la idea de que Guardiola ha traicionado al Barça, nos ha dejado tirados, ha conspirado contra Heynckes, ha sido rencoroso con Tito y ahora tendrá que tragarse los éxitos del Bayern como un caramelo envenenado que ojalá le lleve al fracaso me parece algo tendenciosa.¿Y el fichaje de Neymar? Aún no es oficial. ¿Y la sotana azulgrana, solidaria, qatarí y de Nike que luce el monumento a Colón, con su cabeza erosionada por las cagadas de pájaros? ¿Es una operación publicitaria que consagra el espíritu de una ciudad que quiere rentabilizar una iconografía que piensa más en los visitantes que en los locales o un acto de normalidad en el uso recreativo (maratones, rúas, marcas) del espacio público? ¿Y la segunda equipación cuatribarrada? ¿Es la afirmación oportuna de una identidad, una provocación o, como me comentaba un amigo con mucho criterio, una redundancia folklórica parecida a ilustrar con la bandera catalana las mesas de venta de rosas y libros por Sant Jordi o las bolsas de azúcar de los restaurantes? ¿Y del Espanyol-Barça de ayer, qué quedará? La sensación de intrascendencia, la crispación de una parte del público y los goles, espléndidos, de Alexis y Pedro.SERGI PÀMIES / lavanguardia.com
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