Tiroteo en la casa de Nahuel Molina en Madrid

Foto de Mairenis Gómez
Periodista Deportiva |

En una noche que comenzó con televisión familiar y terminó con disparos y pánico, la casa del suegro de Nahuel Molina en Lanús se convirtió en escenario de un violento intento de robo

Hay algo profundamente cruel en la manera en que la violencia interrumpe lo cotidiano. El pasado 7 de junio, en la casa del suegro de Nahuel Molina, defensor del Atlético de Madrid, el salón donde se miraba televisión fue súbitamente colonizado por la barbarie. Ocho hombres encapuchados irrumpieron armados, con la precisión de quien no tiene prisa pero sí hambre, de dinero, de poder, de impunidad. Claudio Occhiuzzi, su suegro, pasó de ser anfitrión a rehén en el tiempo que tarda un revólver en apuntar a la cabeza.

Lo llevaron al dormitorio como si el hogar tuviera zonas de sacrificio. Allí lo golpearon y le exigieron que hablara. «¿Dónde está la plata?». Pero la verdadera pregunta flotaba en el aire como una amenaza muda. ¿qué tan segura puede ser la vida cuando incluso el confort es sospechoso? Lanús, esa geografía de pasados industriales y sueños de clase media, volvió a recordarnos que el miedo también tiene domicilio fijo.

Nahuel Molina
La familia de Nahuel Molina, defensor del Atlético de Madrid, vivió una noche de terror

Caos armado: el azar y la metralla

El relato de Occhiuzzi tiene la textura de una pesadilla lúcida. Cuando los delincuentes intentaron expandir su radio de control dentro de la casa, se toparon con la policía. Allí, el guion se rasgó con pólvora. “Hubo más de diez o quince disparos”, dijo. Un asaltante huyó. Otros tres volvieron a meterse. Como si retroceder al infierno fuera más seguro que enfrentar el mundo exterior. La escena fue un western suburbano, pero sin honor ni final feliz.

“Creí que me iban a matar”, confesó la víctima, con la sinceridad de quien ya no necesita teatralizar el trauma. A punto de abrir una reja con candado para facilitar la huida de los ladrones sí, eso ocurrió, su mano temblorosa no respondía. El gatillo en su nuca era menos símbolo que certeza. A veces, la línea entre la víctima y el cómplice se difumina bajo presión; no por traición, sino por sobrevivencia.

Armas, detenciones y el eco de la impunidad

La intervención policial logró capturar a tres de los ocho agresores. Es algo, pero también es poco: cinco siguen libres, quizás escondidos a pocas cuadras, quizás planeando su próxima incursión. En el vehículo robado, por supuesto se hallaron armas de alto calibre y herramientas de precisión. No eran improvisados. Eran profesionales de la violencia, artesanos del pánico ajeno.

La investigación sigue su curso, aunque la sensación de que algo esencial ya se ha perdido es inevitable. No sólo por las puertas forzadas o los muebles volcados, sino por la fractura invisible que queda en las casas donde se ha apuntado a alguien en la cabeza. Molina, mientras tanto, sigue jugando en Madrid, a miles de kilómetros del tiroteo. Pero el silbato inicial de ese partido nocturno en Lanús lo escuchará, sin duda, cada vez que suene una sirena.