Alegría por la desgracia ajena… por RAMON SOLSONA

Era un placer simétrico al que debió de sentir un madridista respecto al BarçaDetrás de una portería del Allianz Arena, una larga pancarta proclamaba Bonito mundo ideal. La habían desplegado los ultras del gol sur para enviar un mensaje irónico a la directiva del Bayern, que no les había permitido desplegar un mosaico, y seguramente era también una pulla al presidente, acusado de esconder 20 millones en Suiza. La paradoja es que la pancarta acabó tomando un sentido positivo y muchos medios la utilizaron para ilustrar el júbilo de los bávaros. What a wonderful world, decía la prensa internacional.¡Con qué facilidad el mundo se vuelve maravilloso o deja de serlo! Todo cambia en unos meses (Heynckes jubilado antes de tiempo para que Guardiola devolviera el Bayern a la cima europea), en una semana (la final Barça-Madrid estaba cantada), en 24 horas (a los blancos se les atragantó el champán con que celebraban la derrota del Barça). No hablo de fútbol en sentido estricto, sino de estados de ánimo colectivos, esta montaña rusa que sube y baja al ritmo de goles y clasificaciones. ¿Clasificados? Euforia desatada. ¿Eliminados? Luto riguroso.La irrupción de la palabra escrache ha reavivado la antigua voz escarnio, arraigada desde la edad media. Porque escarnecer es hacer mofa, burlarse de alguien, avergonzarlo públicamente con afrentas y befas, y eso es tan viejo como la humanidad. Todas las lenguas tienen un puñado de palabras para matizar la burla, pero no debe de haber muchas que superen el español, que con Quevedo marca el apogeo de la literatura burlesca y del artificio idiomático. Chacota, rechifla, chanza, cuchufleta, zumba, choteo, cachondeo, pitorreo, regodeo, recochineo, chirigota, vacile, chufla, sorna, guasa, retintín, etcétera. Todas estas palabras expresan con eficacia plástica la reacción que el fiasco de Munich suscitó entre los eternos rivales del Barça.Anteayer el mundo era maravilloso para el Real Madrid, pero ayer ya no. Volvió de Alemania con el rabo entre las piernas, como el Barça el día anterior. Fue un alivio, un consuelo para la parroquia azulgrana, porque la posibilidad de que el Madrid vaya a Wembley echa sal a la herida barcelonista. Tememos la Décima más que a un nublado, como uno de estos preceptos constitucionales que nos caen encima cuando el imperio contraataca. Con un poco de suerte lo evitaremos. Los movimientos emocionales son pendulares y, cuando parecía que Barça y Madrid estaban en los extremos opuestos, un par bofetadas han bastado para igualarnos en desmoralización.Quien ríe último ríe mejor, dicen. El alemán lo resume con una exactitud cruel en la palabra schadenfreude, compuesta de schaden (daño, perjuicio) y freude (alegría). No es una aberración semántica, puesto que se refiere a una alegría vengativa por las penas de los otros. Justamente en alemán, que es el idioma de los equipos que nos han pasado por la piedra, encontramos la síntesis del rencor latente: desgracia ajena y alegría. Si no gano yo, que pierda el otro. Si pierdo yo, que el otro pierda por más diferencia. Si me humillan, que el otro además haga el ridículo. La portada de Marca (Palizovski) producía ayer un placer simétrico al que debió de sentir un madridista cuando el día anterior leía Mundo Deportivo (Pesadilla).Estamos a punto de ganar la Liga. Tras lo de Munich parecía que iba a ser la celebración más amarga de los últimos años, pero el Borussia Dortmund nos ha devuelto una parte de la alegría perdida, justamente porque las comparaciones son odiosas y sólo un equipo puede ganar el torneo de la regularidad. La alegría por las desgracias ajenas es de una incuestionable bajeza moral, pero si hablamos de fútbol hemos de reconocer que aquí y allí sirve como terapia de emergencia para la autoayuda. El mundo aún no vuelve a sonreír, pero no es tan insoportable.RAMON SOLSONA / lavanguardia.com
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