“Los grandes equipos necesitan un grupo de jugadores cuya raíz esté unida al propio club”.

Son declaraciones de Philipp Lahm, actual capitán del Bayern de Munich y futbolista ligado al equipo bávaro desde hace 17 años.

Al extraordinario lateral germano no le falta razón, porque si uno se detiene en repasar la historia de las últimas décadas comprueba que los grandes equipos que han marcado una época o han conseguido títulos nacionales o europeos siempre lo han logrado con futbolistas de la casa, acompañados, eso sí, de tres o cuatro “figuras” del momento que aportaban al club otras virtudes, generalmente técnicas o goleadoras.

Así, en el Milan de Sacchi eran tan importantes las estrellas holandesas Gullit, Van Basten o Rijkaard como los futbolistas locales Baressi, Maldini o Costacurta.

En el Real Madrid de las últimas Champions League los nombres de Raúl, Casillas o Sergio Ramos van escritos en letras de oro junto a Mijatovic, Zidane, Roberto Carlos o Ronaldo.

Y en el Barça de los Koeman, Stoichkov, Laudrup, Romario, Ronaldinho, Etoo, Luis Suárez o Neymar sin la aportación de los chicos de la casa como, Guardiola, Sergi, Ferrer, Pujol, Messi, Iniesta, Xavi, Piqué o Victor Valdés no se hubieran logrado los cinco títulos europeos entre 1992 y 2015

Estos grandes futbolistas criados en el club de sus amores atesoran además un plus que no poseen el resto de sus compañeros; juegan en el equipo de toda la vida de su familia, amigos y vecinos, por eso no es extraño que se dejen el alma en cada partido y que se les escape alguna que otra lágrima en el sinsabor de la derrota.

Via: lapáginadelfutbol.es

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