Mamá, quiero ser árbitro… por Mariano Jesús Camacho

Como dice el maestro Eduardo Galeano durante más de un siglo, el árbitro vistió de luto. ¿Por quién? Por él, por aquel trabajador vocacional que ahora disimula con colores el doloso penar de sus errores y aciertos. El de un ser valiente e incomprendido, cuya madre es glorioso elemento de desahogo para una exacerbada multitud, que expone sus instintos más primarios volcando sus frustraciones en la figura de aquella santa mujer común de la que todos procedemos.En un día como hoy imagino a un pequeño llamado Manuel dando una cruel noticia a su querida madre:-  Mamá, quiero ser árbitroImagino a la dolosa mujer cuestionándose las enigmáticas razones que han llevado a su hijo a tomar semejante decisión e igualmente respetando y apoyando la vocación de su pequeño vástago, pero no puedo impedir imaginar que un segundo después de encajado y aceptado el golpe, aquella sufridora por excelencia haya experimentado por primera vez la sensación y el fuego de una multitud docta en el insulto que se acuerda incesantemente de ella. Imagino a ese niño enamorado del arbitraje que no mide en ese momento las consecuencias dolosas de su decisión, pues su ilusión por impartir justicia y formar parte fundamental del juego, pesa más que todos los sinsabores y situaciones penosas que llega a soportar de forma estoica por aquellos campos de dios de nuestra bendita tierra. Pues son benditas todas las madres pero especialmente las de los colegiados, que en una extrapolación quizás un poco exagerada, pudieran llegar a sufrir tanto como la de los toreros.Pues a la fatídica frase de Mamá, quiero ser árbitro, sucede una llamada de teléfono semanal esperada ansiosamente con una natural inquietud maternal, que al llegar el día de partido se acentúa y multiplica por tres en el caso de los colegiados:-  Mamá, tranquila, que el partido ha terminado ya y no ha pasado nada.La madre vilipendiada verbalmente cada domingo jamás pisó un estadio de fútbol, pero un extraño e intenso calor recorre desde su nuca y baja por su espalda durante los noventa minutos en los que su amado hijo imparte justicia deportiva sobre un terreno de juego. Es el febril aliento de la masa y las elevadas pulsaciones de los futbolistas, directivos y entrenadores, que en demasiadas ocasiones ocultan fallos propios amparándose en errores ajenos y en concreto en equivocaciones del colegiado, el eslabón más débil de la cadena del fútbol, que como todo ser humano no está exento del error en el desempeño de su trabajo. El caso es que en este día en el que todos miramos hacia el núcleo de nuestras vidas para encontrar esa mirada que puso en marcha nuestro motor, he querido rendir homenaje a la vilipendiada santa madre del juez. Figura referencial a la que se pierde el respeto en demasiadas ocasiones y a la que siempre nos fue muy barato y tremendamente recurrente acordarnos peyorativamente de ella. Y por esa razón celebro que los comités disciplinarios intervinieran satisfactoriamente en la reforma del código deportivo. Para los juristas actuales el insulto referente a la madre del referee pasó de ser menosprecio a injuria, y por lo tanto una falta grave tipificada debidamente en el artículo 94.1 que lo explica literalmente así. «Insultar, ofender o dirigirse en términos o actitudes injuriosas al árbitro principal, asistentes, cuarto árbitro, directivos o autoridades deportivas, salvo que constituya falta más grave, se sancionará con suspensión de cuatro a doce partidos».Quizás para muchos represente una sanción excesiva, desmedida, pero teniendo en cuenta que el deporte profesional debe ser ejemplo y espejo del fútbol base, este tipo de conductas deben ser erradicadas o al menos sancionadas en su verdadera medida. Especialmente porque esta revisión del código ha provocado que en fútbol base haya más sanciones, poniendo claramente de manifiesto que si se consienten una serie de comportamientos nada docentes en el fútbol profesional, no se puede pedir luego que nuestros jóvenes estén a la altura por la sencilla razón de que los chavales actúan en base a un modelo de imitación de sus mayores.El insulto a la santa madre del árbitro resultó tan habitual en los campos de fútbol, que llegó a un punto en el que era considerado algo normal. Por ello en recuerdo y defensa de nuestras madres, de las madres de los colegiados, hoy que me acordé de la mía para volver a ser consciente de todo lo que amó, luchó y sufrió, va este texto que concluyo con un maravilloso extracto de la obra de Eduardo Galeano “El Fútbol a Sol y Sombra” en el que se pone de manifiesto todo lo expuesto con anterioridad.Titulado Pobre mi madre querida dice así:A fines de los años sesenta, el poeta Jorge Enrique Adoum regresó al Ecuador, después de mucha ausencia. No bien llegó, cumplió con el ritual obligatorio de la ciudad de Quito: se fue al estadio, a ver jugar al equipo del Aucas. Era un partido importante, y el estadio estaba repleto.Antes del comienzo, se hizo un minuto de silencio por la madre del árbitro, muerta en la víspera. Todos se pusieron de pie, todos callaron. Acto seguido, un dirigente pronunció un discurso destacando la actitud del deportista ejemplar que iba a arbitrar el partido, cumpliendo con su deber en las más tristes circunstancias. Al centro de la cancha, cabizbajo, el hombre de negro recibió el cerrado aplauso del público. Adoum pestañeó, se pellizcó un brazo: no podía creer. ¿En qué país estaba? Mucho habían cambiado las cosas. Antes, la gente sólo se ocupaba del árbitro para gritarle hijo de puta. Y empezó el partido. A los quince minutos, estalló el estadio: gol del Aucas. Pero el árbitro anuló el gol, por fuera de juego, y de inmediato la multitud recordó a la difunta autora de sus días:-  ¡Huérfano de puta! – rugieron las tribunas.Por esa razón os pediría mayor originalidad e imaginación a la hora de insultar y sobre todo reflexión y un pequeño descanso para esa santa mujer, aquella sufridora que un buen día tuvo conocimiento de la ‘fatal noticia’ de que su hijo quería ser árbitro.Mariano Jesús Camacho / cartasesfericas.vavel.com
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