Como mi papá

Desde abajo se lo veía enorme, mis hombros apenas si rebasaban la altura de sus rodillas y al encorvarse para hacerme la pregunta de rigor, su aliento a cigarrillo me inundó las fosas nasales.  Con una amplia sonrisa como precedente de lo que iba a venir, espetó: “Y pibe… ¿de qué cuadro sos?”  Su vista recorrió mi expresión durante unos segundos.  Fue evidente que no transmití demasiado en ella, ya que acto seguido se aventuró: “¿de cuál, eh? ¿Boca, River?”  Y otra vez la misma mirada escrutante.

En ese momento un repentino desparpajo se apoderó de mis gestos, retrocedí un paso, levanté el mentón y las palabras vinieron en un caudal desconocido, raro para mis cortos 6 años de vida, y sin hacer caso a los signos de puntuación, y obviando toda coma que pudiera intervenir en la oración, respondí: “De ninguno de esos señor yo soy de Los Andes como mi papá”. Así, rápido, casi sin respirar. No se qué fue exactamente lo  que más me molestó de lo que ocurrió a continuación, si la risa cacofónica de mi interlocutor o su repregunta en tono incrédulo: “¿De Los Andes? ¿Cómo de Los Andes?” y su punzante observación posterior en forma de pregunta: “¿Y de algún equipo grande? ¿No sos de alguno de primera?” en un registro que empezaba a enseñarme qué era eso del sarcasmo.

Mi padre, que observaba desde un lugar privilegiado y en silencio nuestro intento de charla, por fin se decidió a intervenir levantando una mano que mostraba su palma amplia y abierta: “¡Momentito Señor! –Dijo casi gritando- Que Los Andes no es cualquier equipo.  El Mil Rayitas es un equipo grande, con una historia que nos enseñó que le podemos hacer frente a cualquiera…  fíjese si seremos grandes que hasta le ganamos a Boca y al mismísimo River de Onega en el Monumental”.

He ahí mi bautismo.  Tuve la suerte de asistir, siempre mirando desde abajo, a la primera discusión futbolera de mi papá.  Mi cuello giraba al son del diálogo de izquierda a derecha y viceversa, escuchando mejor lo que se decía ya que hacia un rato que ambos habían levantado el nivel de la voz.  Finalmente la charla, ya exclusiva entre los adultos, derivó en mil situaciones, se recorrió historia y presente.  Por allí se escuchaba revolear a la mesa, cual ancho de espadas, apellidos como los de Da Gracca, Obberti, Ginarte y Villagra.  Se caminó por motes asignados y apodos bien ganados, por rivalidades de barrio y de las otras, por consagraciones y fracasos. Un derrotero de afirmaciones tan subjetivas como los gustos de cada persona.

Un apretón de manos entre los grandes y una palmada que incluyó un revoltijo de mis cabellos selló la despedida.

Durante varias cuadras caminando por la calle Boedo miré de reojo a mi papá que apoyaba tranquilo su mano en mi hombro.  Muchas veces durante el camino me sentí tentado de preguntarle si tenía sentido enfrascarse en semejante discusión, pero callé. Solo me limité a mencionar que algún día me gustaría ver jugar a Los Andes en la Bombonera o en el Monumental como él había podido, y nada más.

Muchas veces pienso, amigo lector futbolero, que todos en algún momento asistimos a este tipo de discusión o a circunstancias similares que marcan el legado más maravilloso que un hombre le puede dejar a su hijo.

Para el hijo varón, por lo general, la madre ocupa un papel preponderante en sus sentimientos.  Cuántas veces a lo largo de nuestras vidas escuchamos: “la vieja me dio el amor…”, “mamá me dio la vida…” o  “la vieja es todo…”  Sin embargo, esas mismas frases casi siempre prosiguen con una sentencia tan irrefutable como maravillosa: “…pero el viejo me dio la pasión, me dio los colores”.

Aquella tarde, a mis 6 años, yo no supe bien qué sentí en ese momento pateando junto a mi padre por las calles de Lomas. Hoy, a los treinta y pico, lo sé. Sentí orgullo por mi papá… y por los colores.

Por Luis “Lucho” Lugo

Fútbol para Todos

obligaciones Laporta